La fuerza de la lealtad

Bobby era un perro de raza skye terrier, que se convirtió en una auténtica leyenda. Su amo era John Gray, un vigilante nocturno de Edimburgo que lo adoptó y lo convirtió en un amigo inseparable. Sin embargo, Gray murió de tuberculosis, en 1858.

Se cuenta que John Gray fue enterrado en el cementerio Greyfriars. Desde entonces, Bobby se trasladó a ese lugar para acompañar a su amo. Esta es una de esas historias de perros que siguen ilusionados con volver a ver a sus dueños, aún después de que estos han muerto.

Los lugareños de la época notaron que el perro no se separaba de la tumba de su amo, por ninguna razón. Trataron de atraerlo, pero él no atendía. Así pasó 9 años, hasta que se emitió una orden según la cual todo perro no registrado sería sacrificado. Sir William Chambers pagó el registro de Bobby y le hizo un collar grabado con su nombre, que todavía se conserva en un museo de Escocia.

Bobby murió 14 años después de su dueño. Se hizo una tumba en su honor y el escultor Wiliam Brodie elaboró una famosa estatua, en tamaño natural, que aún se conserva en Edimburgo. Desde el año 2000, la tumba de Bobby se ha convertido en una especie de santuario donde la gente va a dejar palos para que Bobby los atrape. Dice en su lápida: “Que su lealtad y devoción sean un ejemplo para todos nosotros”.

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